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A 30 años de su muerte RAFAEL MAROTO: RECUERDOS, BIOGRAFÍA Y ARCHIVO

Autos: JAVIER LARRAIN


En la madruga del sábado 10 de julio de 1993, a la edad de 80 años, dejó de existir Rafael Maroto Pérez.

Ese día, temprano, cuando empezaba a alistarme para un viaje a un campo en Cabrero, mi madre entró en el cuarto y dijo a mis hermanos y a mí: “Tranquilos, no iremos al campo, tengo que viajar urgente a Santiago porque murió el tío Rafael”. Era “mi primera muerte” de un ser querido.


I

Recuerdos

El tío Rafael fue –y sigue siendo– uno de esos seres omnipresentes en la familia, para bien o para mal. Eternizado en anécdotas y fotografías. A veces, incomprendido y hasta silenciado por su opción radical de dedicarse en cuerpo y alma al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR); otras tantas, admirado por la consecuencia con que enfrentó la vida, apegado a sus ideas de cristianismo y comunismo, que le llevaron a un compromiso inquebrantable con las clases populares, renunciar a los privilegios de la curia, hacerse a sí mismo –y en colectivo con sus compañeros de fe– “cura obrero”, militar con orgullo en un grupo izquierdista armado, tender redes de salvataje a perseguidos políticos tras el golpe de Estado civil-militar de Pinochet, prisión y tortura en Villa Grimaldi y otros centros de detención, denunciar las flagrantes y masivas violaciones a los Derechos Humanos en dictadura, revelar el carácter opresor de la Constitución del 80 y otras tantas conjuras de la élite chilensis, descubrir el pactado tránsito a la democracia sobre la base de perpetuar el neoliberalismo y proporcionar garantías de impunidad al dictador, animar –en un esfuerzo desesperado– espacios de convergencia entre las izquierdas.

A la par, el tío Rafael era para mí el abuelo idolatrado por mi madre, a quien visitábamos sí o sí cada vez que viajábamos a Santiago. Al que igualmente recibíamos en Concepción, a veces físicamente muy deteriorado a causa de alguna de sus tantas huelgas de hambre. Cuentan en casa que era de gastar bromas, gustaba del pescado y que, apenas se sobreponía, pedía favores: “Llévenme a Lota, que tengo que ver a alguien…”; “acérquenme a tal calle que debo visitar a un amigo de un sindicato”.

Mientras tanto, en un departamento que arrendaba en Santiago yo rompía una culebrita de madera que el tío Rafael tenía en un mueble de mimbre; y cuando mi madre tomaba impulso para retarme, él se interponía diciendo: “Cristina, déjalo, no lo castigues, es solo un niño”. Con los años hay quien me ha confirmado de su complicidad infinita con las niñas y los niños.

La última vez que vi al tío Rafael fue en casa de Osvaldo Castro, su fiel amigo de décadas, cuya familia lo albergó hasta pocos días antes de su muerte; estaba postrado en una cama, solo pude saludarlo desde la puerta de la habitación, mis padres entraron a hablarle.


II

Biografía

Fue el año 2003 cuando, en la ciudad de Concepción, se me acercó un “viejo mirista” para sugerirme que dedicara mi tesis de grado en Historia a hacer una biografía del tío Rafael. Propuesta que me resultó fabulosa, pero que no logré siquiera principiar.

En las dos décadas transcurridas desde ese amistoso y pertinente consejo, finalmente pude trazar una investigación biográfica mayor, que me ha llevado a recopilar abundante documentación, además de registrar cuantiosos testimonios de decenas de personas que compartieron con el tío Rafael en el ámbito familiar, eclesiástico y político.

Entre los testimoniantes que se sumaron a esta odisea desde el día uno, colaborando con materiales de todo tipo y relatos invaluables, cabe mencionar a los sacerdotes José Aldunate y Mariano Puga, quienes también se marcharon hace unos años.

Esperamos que la tan anhelada biografía pueda ser publicada en 2024, como una contribución –entre tantas que hoy en día se hacen, afortunadamente– a honrar la memoria de quienes han dedicado sus vidas a las causas emancipadoras de las y los humildes, en especial a la del tío Rafael.


III

Archivo

En esta imperturbable y sostenida búsqueda en el tiempo de rastros que me aproximaran a la vida íntima del tío Rafael, entre la familia una y otra vez se repetía lo mismo: “No paraba de escribir”.

La segunda recomendación: “No puedes dejar de hablar con Héctor Muñoz y su familia, quienes se convirtieron en la familia del tío Rafael”.

En el ínterin, crecía la voluntad y el registro de las y los testimoniantes que con ansias deseaban contribuir a la investigación. Asimismo, me llegaban fotografías, filmaciones, manuscritos de cartas, algunos discursos y unas cuantas entrevistas en periódicos y revistas.

Hasta que sucedió –literalmente– el milagro. En buenahora para la familia, la gente que le respetó, admiró y le quiso, para el pueblo pobre y las izquierdas del país, por medio de Ximena Muñoz –su nieta mayor y ahora mi familia, ¡qué diría el tío Rafael!– accedí al archivo personal que con sumo cuidado hace más de tres décadas había dejado, con la anotación: “A mi fallecimiento que pase a Tito, Cruci o al nieto Muñoz Droguett que se interese; si no hubiera interés en ellos, hacerlo llegar a mis hermanas. Rafael, marzo 1990”.

El Archivo Rafael Maroto consta, en el área escrita, de más de seis diarios de vida; una autobiografía inconclusa que incluye una historia de la familia Maroto, reseñas de historia de Chile desde el gobierno de Balmaceda hasta la dictadura de Pinochet, pasajes para una historia de La Legua; más de un centenar de cartas a familiares, autoridades de la Iglesia católica, militantes del MIR, entre otros; discursos; entrevistas; escritos políticos referidos a Chile y otros países de América Latina; reflexiones teológicas y eclesiales.

El área audiovisual comprende un relato, en primera persona, de su detención en El Montijo, a raíz de los sucesos de Malloco –en cuyo episodio ayudó al rescate de Martín Hernández y otros miembros de la Dirección Nacional del MIR–, y su paso por Villa Grimaldi y posterior traslado a otro centro de reclusión; entrevistas filmadas en Europa y otros materiales.

Actualmente el Archivo Rafael Maroto está siendo clasificado, inventariado y digitalizado, con el objetivo de ser empleado en la biografía y depositarlo en alguna institución de Derechos Humanos para que pueda ser conservado en el tiempo y esté disponible para la consulta de investigadoras e investigadores, y ciudadanía en general.


IV

Maroto para el Chile de hoy

Entre los escritos del tío Rafael abundan las reflexiones históricas de largo aliento, así como cuestiones orientadas a asuntos morales, éticos, de militancia y comportamiento en las izquierdas, de buen vivir, aspectos todos urgentes y necesarios a la hora de repensar un país carcomido espiritualmente a efecto de un neoliberalismo soportado sobre la explotación de la inmensa mayoría de la población.

Con ese propósito, a modo de despedida y pronto encuentro, de revisitar el pensar y accionar del tío Rafael, compartimos el extracto de su texto “Amor-odio”, escrito el 8 de febrero de 1983, que cobra particular vigencia:


Mucho tiempo hace que me hago la misma pregunta, ¿cuál es la línea divisoria entre el amor y el odio?, ¿dónde [reside] la diferencia?

[…] El amor es más que un simple sentimiento, una convivencia profunda; es entrega personal, real, a los seres amados. Son muchas las veces que ante el temor de que algo malo pueda sucederle a un próximo amado, que se identifica con precisión, he pensado y resuelto hasta dar mi vida para evitar ese daño.

Hasta aquí, todo es simple y meridiano.

Pero si alguien hiciera daño a uno de esos seres queridos, ¿qué sentiría? No dudo: odio y profundo. Pero este, ¿no es acaso la proyección natural, justa y consecuente del amor?

[…] Si quisiéramos definir el odio, podríamos decir que es carencia de amor y qué débil, insulsa, aparece esa definición.

Se dice que el amor es motor que mueve. El odio, proyección de aquel, ¿acaso no lo es?

[…] Si realmente amo, soy capaz de odiar; si amo, ante el agravio al ser querido, debo ser capaz de hacer justicia, y si la hago me vengo.

Esto me hace pensar en las palabras de Jesucristo, que si a uno le pegan en una mejilla hay que poner la otra. Términos que para mí tienen una sola explicación: si me ofenden a mí, debo ser capaz, tal vez siempre, de perdonar; pero si la ofensa se infringe al hermano, ¿de dónde el derecho mío a perdonar?

[…] Hasta aquí he planteado esto en un plano individual, existe otro y más importante: el colectivo. En él la confusión es aún mayor.

Así se dice que la lucha de clases nace y es expresión del odio y como tal a los cristianos no le cabe sino oponerse a ella, porque han de ser seguidores del amor.

Ello obedece a una posición ideológica.

Se acusa al marxismo de ser el inspirador e impulsor de la lucha de clases.

Ante todo una aclaración. Marx no creó o inventó la lucha de clases. Observador social profundo, Marx la descubrió en las relaciones sociales existentes entre los hombres. Ella estaba ahí, en la sociedad misma.

[…] Esa es la lucha de clases. En la primera, dominante, por asegurar cada vez más esa dominación, mediante mayor explotación, de la otra; y en esta dominada, por su liberación, tratando de atenuar, mientras la liberación total llega, aquella explotación.

Pero cuando se habla de lucha de clases se entiende la de la clase dominada, proletariado industrial, campesinado, pobres del campo y la ciudad, contra la que la oprime.

Y en este sentido la entiendo aquí.

Y esta lucha de clases, ¿es fruto del odio?

De primera, no lo niego, en el valor positivo del odio.



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