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CONFLICTO MAPUCHE: OPCIONES DE SOLUCIÓN PARA NO SEGUIR PERDIENDO EL TIEMPO

Autor: RICARDO CANDIA CARES


Que la ministra del Interior pida que no se utilice la detención de Héctor Llaitul con fines políticos la refiere a una ingenuidad magnífica: esa detención en tiempo, forma y fundamento es una acción plenamente política, que se sitúa en un momento político de excepción y es impulsada, además, por sujetos anclados en la política.

¿Sabía la ministra de esa operación que terminó con Llaitul sin terminar su almuerzo?

Se ha dicho que la orden de detención nace en una querella interpuesta contra Llaitul hace dos años.

¿Habrá que creer que luego de todo ese tiempo, precisamente ahora a días del evento electoral cuya trascendencia es solo comparable con la elección de Salvador Allende, se completan las pruebas necesarias para esa detención?

Afirmados en una supuesta independencia de las instituciones policiales y judiciales se afirma que el gobierno no tiene por qué saber ni ordenar una detención como esa.

Pero como saben hasta las piedras en este país, esa supuesta independencia no existe ni ha existido jamás: los tribunales y las policías han sido, desde que el tiempo es tiempo, herramientas de los poderosos para perseguir, reprimir y castigar al patipeladaje.

Recordemos que la energía inicial del gobierno por la vía de su ministra de Interior fue disponerse a un arranque decisivo para enfrentar in situ lo que de común se llama “el conflicto mapuche”.

Los resultados fueron más que lamentables.

Y si en el principio de los tiempos se proponía un acercamiento buena onda a las comunidades con la peregrina idea de que por esa vía se podía desactivar un conflicto que tiene 160 años, luego de comprobar que la cosa es un pelito más compleja, se retomó la vía histórica impuesta por El Mercurio del siglo 19 y ejecutada por Cornelio Saavedra y sus muchachos.

Poco ha cambiado en términos de los protagonistas en más de medio siglo, salvo sus nombres.

El mapuche ha sido combatido con todas las armas posibles desde que los poderosos del siglo XIX quisieron hacerse de las feraces tierras del sur del Biobio.

Una primera arma, tal útil que aún hoy se utiliza con encomiable entusiasmo, ha sido la mentira. Sin prisa, pero sin pausa, los poderosos han instalado la idea de un mapuche que no es: borracho, flojo, violento, bárbaro.

Luego vino el fusil Spencer, las Notarías y las agencias del Estado.

Durante muchos años se combatió lo mapuche mediante la escuela y especialmente a través de la religión. Temuco fue en un momento la zona en que más entidades religiosas hubo en el país y una enorme cantidad de organismos tales como el Cuerpo de Paz y el Instituto Lingüístico de Verano, un organismo de la CIA desplegado en toda América Latina.

Durante la dictadura se impulsó una muy poderosa, imaginativa y feroz arma: la plantaciones masiva de pinos y eucaliptos, pagadas por el Estado.

Conocedores de la relación que existe entre el mapuche y su tierra, los poderosos arrasaron ya no con el napalm del Vietnam, sino mediante el agotamiento de esa tierra y de esa agua con plantaciones artificiales que liquidó en cuarenta años la posibilidad de cultivar ni un rábano.

De tiempo en tiempo, personas con buenas intenciones se interesan por meterle mano a aquello que runrunea en el sur del país.

Normalmente esta gente se ha tropezado con un problema casi insalvable: no saben bien de qué se trata y el conocimiento que traen a priori es la que se origina en la trampa que han hecho los poderosos, sus intelectuales y por cierto los militares.

Desde el lenguaje que trampea la realidad, hasta las operaciones clandestinas que buscan incriminar al mapuche de delitos, los poderosos no se han medido en medios ni imaginación con la idea de exterminar un pueblo que le ha jodido la pita a la república desde su nacimiento.

Vea que al wallmapu se le llama macrozona, concepto de evidente origen militar, pero que es repetido por gente que dice peñi y lamngen.

En el día de ayer la ministra Siches informó oficial y escuetamente de la detención de Héctor Llaitul.

No parecía precisamente contenta con ese logro magnífico de las policías y de la inteligencia por lo que se puede suponer que no sabía que en Cañete se fraguaba una operación que le daría más de un dolor de cabeza.

Este evento pasará. Pasará el plebiscito. Habrá o no una nueva constitución. El mundo seguirá andando. Pero, como ha venido pasado en más de medio siglo, desde el punto de vista del mapuche, no va a pasar nada.

La cosa es clara: no hay más que dos opciones viables para terminar de una vez por todas con el problema/conflicto mapuche: una, expulsar a las forestales que han asesinado el suelo y usurpado centenares de miles de hectáreas, impulsando un proceso de autonomía y reivindicación histórica y asegurar el derecho a existir como mapuche.

Y si esto resultara muy complejo, siempre estará al alcance de la mano la opción dos: sincerar las cosas y desplegar un par de escuadrillas de F 16 seguidas por la incursión de varios pelotones de tanques Leopard para poner las cosas en el lugar que corresponde.

Todo lo demás es perder el tiempo.








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