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CUANDO ÉRAMOS OTROS Y A LA VEZ LOS MISMOS: MEMORIAS DE UN DIRIGENTE SOCIAL

Autor: RICARDO CANDIA CARES


Este libro no es un texto lleno de fechas y personajes. Es el testimonio honesto y con ramalazos poéticos de quien llegó a ser uno de los más importantes líderes sociales y políticos del país.

Sus pasajes oscilan en perfecta armonía entre los recuerdos obstinados del pasado reciente de la vapuleada historia patria y la sinuosidad de una vida tranquila, bucólica a ratos, que lo fue forjando mirando al mar.

Es un lenguaje llano, profundo, con innegable traza poética. Es la pluma del que sabe cómo decir las cosas.

Jorge Pavez en su libro titulado Cuando éramos otros. Memorias de un dirigente social, nos abre a instantes que han quedado ocultos bajo la pátina ocre de la amnesia inducida y de la que provee el tiempo.

Partes importantes del libro discurren bajo un manto nostálgico que no le quita el brillo innegable de lo verídico ni la agudeza de una inteligencia entrenada en una vida de sortear obstáculos y de impulsar empresas quijotescas por su inspiración idealista. Aunque afincadas fuertemente en su comprensión de un país que malvive y malsobrevive.

Y que hoy propone dudas enormes tal como lo observa el autor.

Este libro bien pudo haber sido escrito en el Comala rulfiano. Pero sería en el Santiago de Chile de ahora, el que parece no tener autor conocido.

Pavez va y viene en su historia como el mar al que añora siempre volver. Lo envuelve un sepia nostálgico y leve alimentado por Serrat y Unamuno.

Entonces, de pronto, como quien necesita salir rápido de un trámite cansador, entra de lleno con un matiz de rabia en su pluma en sucesos que lo hicieron protagonista y en los que debió enfrentar ya no al neoliberal asentado en el gobierno, sino a personas que buscaron su descrédito mediante malos tratos y desprestigio.

El peor golpe siempre vino de muy cerca.

De modo que enfrenta sus conflictos con su expartido, el que nunca terminó de expulsarlo, agrego por mi cuenta, sin reparar en prólogos o advertencias: quiere salir rápido de ese tránsito que se le hace tan obligatorio como inevitable. Y quizás duro. O tal vez insuficiente.

No elude su pasado militante y reivindica su profundo compromiso con la causa de una sociedad que cambie el mundo de fases hundiendo al imperio burgués.

Su compromiso con los profesores y el pueblo humillado y vuelto a humillar queda claro en sus páginas. Provisto de una férrea porfía y una enorme capacidad de ver escenarios que aún no son, encabeza construcciones políticas desde una nueva óptica que intenta superar la vieja escuela de la orden y la obediencia. Aspira a caminar por propio pie y pensar con propia cabeza y esa osadía le pasa la cuenta.

Cuesta. Se hace difícil. No se pudo.

Si de entrada intenta cerrar el capítulo del PC y sus dirigentes retratados severamente en el texto, más adelante volverá a decir lo suyo en los rescoldos añosos de su relación con el Partido Comunista.

Su testimonio demuestra lo difícil que es construir una propuesta que mire de otra manera. Sobre a todo a partir de lo que sucede hoy en el país de sus desvelos. Resulta interesante reconocer que lo que Pavez y sus compañeros intentaron hace veinte años tiene plena vigencia en el día en que vivimos.

Sabe que no siempre atinó y la autocrítica aparece desde el comienzo. Mecánica que entre dirigentes políticos autosuficientes y de poca valía es algo inusual, en Pavez es un recurso que intenta mostrar tanto las dificultades objetivas como la debilidades del ser humano que no lo dijo a tiempo.

Es un ejercicio de memoria honesta. Reivindica con cuidado reconocimiento a sus compañeros de camino.

Tuve la oportunidad de trabajar muy cerca de Jorge Pavez en el Colegio de Profesores y del intento de Fuerza Social y Democrática durante varios años.

Lo vi desplegarse en complejos escenarios que había que desbrozar para dar respuesta, muchas veces abrumado por la urgencia y agotado de golpear puertas e intentar caminos. Pedía opiniones para democratizar en extremo las decisiones más complejas.

Y seguía.

Muchas veces, agrego como testigo, Pavez desestimó su propia convicción cuando la mayoría de sus compañero opinaron de otra manera.

El sistema educacional público colapsaba en manos de quienes ofrecieron otra cosa. Y las respuestas a ese envión neoliberal era difícil de articular. La derecha, la Concertación y luego la Nueva Mayoría cerraban caminos. El mismo empeño ahora es de Gabriel Boric.

Su condición de dirigente social y político no hicieron mella en su alma de profesor amante y respetuoso de su profesión. Resulta notable su experiencia como director en aquel liceo derruido por el sistema.

Su concusión es dramática: “No había nada qué hacer”. Quizás Pavez lo sabía de antes.

La escritura de Jorge Pavez no es un continuo lineal de experiencias gremiales, políticas o personales. Es un lindo ejercicio literario, propio de su alma de escritor, que utiliza el vaivén de su añorado mar para llevarnos desde el futuro de dudas y pasiones, hasta el pasado de añoranzas, sueños y paisajes evocadores. Ida y vuelta.

Cuando la pluma duda o se cansa, Jorge se afirma en ese pasado familiar y tibio para impulsarse nuevamente y abordar la tosquedad y el peligro de su vocación de luchador a tiempo completo, más aún en los momentos en los que la vida o la muerte se decidían en oficinas secretas.

Esos paréntesis narrados con una indudable mano literaria luego contrastarán con la rudeza del hecho histórico, del personaje abominable, del figurón despreciable y de la incomprensión interesada.

Y ese ejercicio de ir y venir trasminado de una nostalgia que envolverá todo el libro, deshila al trasluz a un hombre de este tiempo en su completitud, con sus aciertos y sus debilidades, con sus dudas y decisiones, y en su arrojo que jamás midió efectos.

Muchas veces cuando ya era un reconocido y respetado y no por eso menos atacado dirigente social, se aislaba ensimismado leyendo o tomando notas en un orden imposible. En este texto creí reconocer en retrospectiva al adolescente Jorge Pavez que ahora describe, sentado al fondo del patio de la escuela.

Pavez fue testigo de presidentes y dignatarios, altos funcionarios y personalidades. Y a cada cual los trata con precisión y sin grandes aspavientos ni loas inmerecidas. Eso sí, no ahorra quejas y reproches, comprobados por la historia reciente, cuando se trata de los presidentes chilenos de la posdictadura que no solo traicionaron lo que ofrecieron, sino que profundizaron aquello que dijeron cambiar.

Es, por cierto, una mirada cuya originalidad la entrega la elegancia de su pluma, como la honesta memoria con la que revive hechos indesmentibles y categóricamente probados.

Hay que leer a Jorge Pavez con un fado como música de fondo.

Es la escritura de un testigo- protagonista de una historia que en las páginas de este libro luchan por liberarse de esa amnesia interesada elevándose erguidas en la pluma magistral de Pavez.

“La vida es una sola a pesar de estar hecha de muchas vidas”, concluye. Y elige una de ellas para refugiarse cuando la memoria lo lleva obligado a trances duros, peligrosos, cansadores, agrestes o desagradecidos.

No piense que estas memorias de un dirigente social son una seguidillas de hechos, personajes y fechas. Es una historia humana: este hombre reconoce sus flaquezas, cansancios y dudas y en esa complejidad se refleja como en un espejo franco, parte importante de la historia de Chile y su pueblo.

Y cuando parece que lo vence el peso de una larga historia de derrotas y pesares, de muertos y orillados, de traiciones y amenazas, este poeta soldado de las causas más humanas desempolva su adarga, enriela su lanza, acaricia su rocín y mira hacia el horizonte desde donde supone el mar.

Y sigue creyendo.




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