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“VIDAS QUE CAMBIARON DE GOLPE,11 DE SEPTIEMBRE DE 1973

Autora: MARIA EMILIA TIJOUX

Socióloga, profesora de la Escuela de Sociología de la Universidad de Chile. Directoria de la Revista Actuel Marx Intervenciones.


Sencillas y emocionantes historias se entrecruzan en este libro de Ceibo Ediciones para conmemorar los 50 años del Golpe de Estado en Chile. Se trata de 50 entrevistas realizadas por los periodistas Alexis Polo González, Francisco Paredes Sierra, Ignacio Kokaly Balladare, Isidora Valero Loreto, Benjamín Jesús Martínez, Macarena Fuentes Aceitón y Mario Hans Salinas

Hay mucho que decir sobre este libro. Lo primero es que es un hermoso objeto-libro debido a su gráfica, a la letra elegida -que trae a la máquina de escribir hasta nuestro escritorio-, o al olor a tinta que emana al ojearlo. Pero, además, cada relato llega acompañado de fotografías que le dan rostro a historias que estuvieron tan ocultas como lo estuvieron sus autores. A la inversa de tiempos en que una foto complicaba tanto a la existencia, hoy no hay nada que ocultar. Por eso la escritura tiene ese rostro que nos mira de frente -tal cual es hoy-, para invitarnos a dialogar.

Pienso que hay acá un equipo cómplice que trabajó con cuidado para llevarlo a cabo. Se advierte el trabajo de archivos, la preocupación por la búsqueda y el respeto por entregar la palabra.

Tengo ahora los ojos puestos frente a 50 relatos que tienen, cada uno, características muy particulares. Habría que intentar ir más allá para realizar la historia de cada uno y cada una que se repartiera por escuelas, organizaciones, instituciones, amigos y amigas. Porque la lectura nos conduce hacia la riqueza de lo vivido que acá se atrapa en algunas páginas.

No cabe duda de que cada relato es único, pero se amarra con los demás desde el tiempo que permanece en el recuerdo para quedarse. Allí-aquí. Detenido. En un 11 de septiembre de 1973. Algunos y algunas eran jóvenes ya entrando en adultez. Otros/as eran adolescentes y algunos eran aun niños.

Ese martes 11 se vivía desde el cada uno y cada una. Había que ir al colegio, al trabajo, a la universidad, a labores preparadas, a las organizaciones. Pero repentinamente se interrumpieron las rutinas y jamás se volvió hasta ellas como si nada hubiese ocurrido.

Quienes hoy nos convocan para abrirnos la puerta vivían su propia vida en Villa Lenin, en Villa Francia, en Ñuñoa, Conchalí, Arica, Franklin, San Joaquín, San Miguel, La Granja, Iquique, Patronato, Chorrillos, Colla, Barrio Brasil, Recoleta, Cañete, Lota, Población Dávila, La Chimba, Valparaíso, Barrancas, San Felipe, Talca, entre otros lugares que no he conseguido recoger aún y me disculpo por ello. Cada una de esas vidas tenía un ritmo propio. Probablemente casi ninguno se conocía entre sí. Pero había un hilo que los ataba, más allá de esa cotidianidad que acá se relata en la emoción del recuerdo infantil o la experiencia juvenil que corta el tiempo al detenerse en el padre, la madre, la abuela, el hermano, los vecinos.

El hilo que los rodeaba para hacerlos uno, provenía de un momento excepcional y de una historia política que luego terminaría midiéndose en lo que absurdamente se dice que son “mil días”. Ese hilo unía estas existencias y luego ingresaría en esa heterogeneidad para unir desde las distintas experiencias, lo que se suponía estaba separado. El hilo se había tejido en torno a un proyecto que auguraba justicia y dignidad.

Me conmueve encontrarme con relatos de compañeros y compañeras que conozco, pero de los cuales desconozco lo que han guardado durante tantos años. Sin embargo, la belleza de esta escritura en primera persona que permite ser actor y autor al mismo tiempo es el logro de una obra que consiguió que el Yo fuera central. Sin interpretaciones. Sin intervenciones. Para entregar al lector hoy día este ramillete de recuerdos que nos invitan a reflexionar sobre la historia, la memoria, la política.

Hoy es 11 de septiembre y estamos acá reunidos gracias a un libro que ya por sí mismo ayudó a reunir a estas 50 historias que gracias a este ejercicio de memoria consigue poner a sus protagonistas en el lugar político que tuvieron. Sí, hoy es 11 de septiembre y si miramos el escenario nacional vemos que hay continuidades. Tanto en los dueños del país, como en quienes intentan suavizar los hechos.


No obstante, a cincuenta años del golpe de Estado, y a cincuenta y tres del triunfo electoral de la Unidad Popular, la historia, la memoria y la política vuelven a ser interrogadas por los procesos de revolución social, para empujarnos una vez más a seguir preguntándonos por la lucha de clases y por las distintas problemáticas que ella suscita con un importante trasfondo económico, social, político y cultural. En los años setenta en Chile se vivía un proceso social y político, que distintas fuerzas y analistas discutían si caracterizar como situación revolucionaria o prerrevolucionaria. Esto, que hoy no se recuerda públicamente, o se recuerda poco, es central. Se trata del coeficiente transformador de la política anticapitalista en Chile y en el mundo durante ese periodo, y que se presentaba como la posibilidad real de una transformación radical de la sociedad. Había efectivamente un movimiento de masas que irrumpió en la escena sociopolítica.


Una compañera muy querida que conozco desde aquellos años me recordaba hoy que decíamos a menudo que no se había tenido confianza en nuestro pueblo. Y cuanta razón tiene. Todavía hay un pueblo allá afuera de las catedrales, que lucha, que recuerda, que vibra. Me detengo en ese pueblo consciente, tan claro, que nos entregaba propuestas que nos sorprendían debido a una claridad que emanaba de sus propias luchas y de sus mismos sufrimientos. Pues muchos y muchas no habían estado en escuelas ni en universidades. He leído algunos de estos relatos que me llevan hacia los setenta cuando sentada y en silencio tomaba apuntes de las enseñanzas de trabajadores y pobladores que día a día habían forjado su historia. Pienso en que muchos dejaron este mundo en esos días y posteriormente sin que nadie lo supiera, ni denunciara que los habían asesinado o que habían desaparecido.


No podemos olvidar que la clase obrera y sus organizaciones se habían aliado contra las clases dominantes que estaban (y están) representadas por la oligarquía terrateniente y financiera, cuestionando el modelo de acumulación capitalista, y que ocuparon las fábricas, corrieron los cercos, tomaron las tierras, participaron en los procesos de nacionalización, todo como el resultado de un largo proceso de autoorganización que se plasmó en la creación de comandos comunales, comandos campesinos y cordones industriales que levantaron esa hermosa consigna de “crear poder popular”. Como y cuanto se refleja este proceso liberador en el libro. Al igual que se refleja en los recuerdos la importancia del medio litro de leche y de la alimentación en la escuela de quienes no tenían posibilidad de hacerlo en sus casas.

La clase trabajadora estaba con Salvador Allende. Hasta el final.

Ese martes 11 de septiembre Salvador Allende moría luchando con las armas en la mano y defendiendo hasta el final a la clase trabajadora a la cual le dedicó su último discurso. Y en ese combate donde entregó la vida, seguimos convencidos de que fue allí, en el Palacio de la Moneda, que recibió las balas de una traición que había sido durante largo tiempo programada. Así lo señalan Francisco Marín y Luis Ravanal en dos libros que dan cuenta de investigaciones históricas y forenses.

Pero el puñado de dominantes con Agustín Edwards a la cabeza no lo podía permitir. Los “rotos” jamás podrían tener un lugar en su horizonte donde reinaba el capital y que ese septiembre lo demostraba abiertamente cuando se abría a la barbarie generalizada para detener, secuestrar, perseguir y aniquilar a quienes buscaban cambiar el estado de injusticia por uno de justicia.

El “enemigo interno” que representaba el peligro de un “cáncer a extirpar” está protagonizado por quienes dan cuenta de sus historias que develan la crueldad. Pero no es una crueldad cualquiera. Es aquella proveniente de un programa que había sido cuidadosamente pensado y ejecutado.

El Golpe que tanto ha golpeado no se podría comprender sin que nos detengamos en el precedente de la Unidad Popular, pues allí está la justificación ideológica que sigue presente en los discursos que hoy mismo escuchamos de parte de la derecha y de sus allegados. Justificar el Golpe implica colocar a la Unidad Popular y al presidente Allende en el lugar “maldito” que refuerza el postulado de la doctrina de seguridad nacional. Luego el exterminio del “enemigo interno” parece algo normal.

Quiero terminar con un diálogo que se da entre la memoria y la historia en las conclusiones del libro “El Centinela mesiánico. A la izquierda de lo posible” de Daniel Bensaid, cuando nos preguntamos sobre qué es lo que debemos rememorar y siguiendo estos relatos que dan cuenta de un antes, un durante y un después del Golpe.


La Memoria: Tú me miras desde arriba, con tus archivos muy bien ordenados y tus títulos de propiedad sobre el pasado. Y estas ahí, sin embargo, titubeante ante tus páginas en blanco y tus pizarras mágicas borradas al momento de ser escritas.

La Historia: Yo tengo mis páginas en blanco. Tú tienes tus hoyos negros. Olvidadiza Penélope, mendiga trepadora de los tiempos.

La Memoria: Pero ahora no hacemos más que una. Tú has querido los diplomas. Elevarte a la dignidad de ciencia. Solamente eres pasado bajo las horquetas de los vencedores.

La Historia: Yo he gastado mis ojos para ver más claro, mientras que tú te abandonas a infértiles lloriqueos y circulares movimientos. Conseguido tu meta. ¡¡¡¡Pero en qué estado!!! Bajo la cartuchera del Orden y del Progreso. Con un pie ya dentro de la corte de las almas muertas.

La Historia: Tú no tienes el monopolio de los oprimidos. También he tocado fondo en las profundidades, reconstituido la voz de los sin voz...

La memoria: Era muy necesario que te democratizaras. Pero todavía confundes la profundidad del sentido y la amplitud de las cifras. La humillación y la esperanza no se estatizan.

La Historia: ¡¡¡Novelista!!!!

La Memoria: ¡Periodista! No paras de oscilar entre teleseries y noticias. Has perdido el sentido del acontecimiento auténtico.

La Historia: Yo verifico mis fuentes. Tengo mis informantes y mis relaciones. Muy bien situadas. ¿Acaso vives del aire de los tiempos tiempo? ¿De quién pretendes ser portavoz? Tus comunidades se disuelven, tus condensadores se deshacen.

La Memoria: Y tus informantes se mediatizan. Te entregas al espectáculo. Tus miradas de piedra están vacías. ¡Monumento!

La Historia: Tus imágenes palidecen y se desvanecen. ¡Anticuaria!

La Memoria: En el fondo, te compadezco. ¡Qué tiempo el tuyo! Tan desesperadamente rectilíneo, vacío y sin fin. Porque digamos lo que digamos, yo sé muy bien que no tienes fin.

La Historia: Mi tiempo ordenado vale más que tu tiempo caótico.

La Memoria: (Suspirando)... Qué ciencia haces tú...

La Historia: (suspirando) Que vida llevas tu....

La Memoria: Tú no tienes presente.

La Historia: Tú no tienes porvenir.

La Memoria: ¿Nosotras dos, puede ser?

La Historia: ¿Nosotras dos? Puede ser, en realidad nunca deberíamos habernos separado.

La Memoria: Tu serias otra historia.

La Historia: Y tú no serias más la Memoria. Juntas no seriamos ni tu ni yo, sino otra cosa.

La Memoria: Nosotras juntas habríamos hecho Política.

La Historia: Y nuestra Política, no sería más Política. Sin embargo, sería una Política del tiempo presente, donde el baile de lo virtual la llevaría (o estaría por encima) de las zancadillas de lo real, del eterno retorno, donde el hacha acerada de la razón mesiánica cruza el martillo del materialismo critico... Y allí esta Walter Benjamín, entregándonos la alerta general en la cadena de los centinelas adormecidos.




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