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18 DE OCTUBRE: ENTRE LA TRISTEZA Y LA NADA

Autor: RICARDO CANDIA CARES


Quizás lo que corresponda sería olvidarse de una vez por todas de los sucesos y trascendencias que se le adjudican al 18 de octubre de 2019.

Sería una forma de higiene mental y de un ahorro de tiempo y de banderitas, pañuelitos, afichería y consignas relucientes y atinadas, hechas con delectación.

Desde el punto de vista de la ganancia que se obtuvo de aquellos sucesos que jaquearon como pocas veces al sistema de dominio, depredación y explotación impuesto nada más que por la cobardía de muchos, la suma es cero.

O menos que cero: fue un franco retroceso.

Recordemos que los meses previos al reventón, los estudiantes de la Enseñanza Media, ¡otra vez!, que insistían con acciones audaces, muchas veces violentas, fueron puntualmente rechazados, denunciados, vilipendiados y acusados de ser violentistas, desubicados e irresponsables.

Desde el rojo más rojo hasta el facho irreparable denostaban a los cabros que se la jugaban como debieron hacerlo otros. Y como lo harían en breve, casi todos.

Resulta notable que el sistema político, ya no digamos la inexistente inteligencia del Estado preocupada de controlar a los rojos cada día más remolones y previsibles, no haya encontrado trazas de que algo extraño se movía en alguna parte.

Quedó en evidencia, por otra parte, el divorcio de los partidos políticos de izquierda y de las organizaciones sociales, con aquellos que dicen representar, o por lo menos, entre quienes se desenvuelven y viven.

O vivían.

Resulta duro y penoso, pero es absolutamente cierto, que a partir de lo que pudo ser un movimiento que estremeciera los cimientos de la cultura dominante, la posibilidad de construir un movimiento sociopolítico que propusiera una alternativa al saqueo, depredación, demolición del Estado, al robo en descampado y a la desintegración de los pocos derechos y avances que ha tenido la gente maltratada y vuelta a maltratar, no se obtuvo nada.

No quedó nada. No se hizo nada.

Salvo posar en la estatua ecuestre. Salvo el dolor de las víctimas de la represión que hasta el día de hoy son tramitadas y burladas respecto de justicia y reparación.

Quienes debieron asumir el liderazgo de un reventón que había nacido sin padre ni madre conocida y que no iba a ningún lado, que solo fue levantado por la bronca acumulada que de pronto encontró un cauce por medio del cual expresar su rabia y frustración, terminaron colaborando con la pacificación de las calles por la vía de firmar acuerdos traidores y otros, simplemente no haciendo lo que por historia, principios y manuales, estaban obligados a hacer.

Si la noche del 15 de noviembre una masa de millones rodea en antiguo Congreso otro gallo habría cantado. Si por parte de las organizaciones sociales se hubiese levantado una mínima orientación, los partidos estaban casi boqueando y al borde de la dilución, quizás habrían cantado hasta las gallinas.

Pero no hubo cojones, para decirlo en bruto.

Se vieron conspicuos dirigentes sociales esa noche en la sede del Congreso, nunca se supo bien en qué trámite.

Ahora es demasiado tarde, princesa, como dice la canción sabinera y precisa. Ahora la ultraderecha hace lo que la izquierda debió hacer hace cuatro años: pasar a la ofensiva.

Pero a diferencia de la gente brava que dio cara y prácticamente liberó sus territorios, el facherío lo ha hecho ordenadamente y, esto es lo relevante, con un plan político maestro que ordena sus huestes y define objetivos estratégicos: cosechó con delectación y sentido de la oportunidad el fracaso histórico de octubre.

Mejor ni salir a la calle intentando remedar la irrecuperable alegría anárquica de entonces. Mejor quedarse en la casa y recordar como si fuera la ausencia de un ser querido. Es un día de luto.

Mejor sería limitarse a relevar la valentía y heroísmo de quienes dieron fiera batalla y homenajear a quienes fueron asesinados, a quienes fueron mutilados, torturados, procesados y condenados a largas condenas por hacer lo que había que hacer.

Estos años muestran con nítida claridad el resultado de decenios en los que la izquierda no ha hecho nada: el avance imparable de lo más funesto de la política de este país maltratado es de su exclusiva responsabilidad.

De paso, digamos que tampoco quedó nada de la conmemoración del cincuentenario del Golpe de Estado. Salvo flores marchitas en la estatua de Salvador Allende y una enorme nostalgia por los que cayeron o desaparecieron.

Este es un día nublado de tristeza, si se piensa bien.

Un momento que nos recuerda que la política, que es desde donde se cambian las cosas, requiere mucho más que la gente en las calles con batucadas, banderas y pañuelos. Incluso más que con piedras y primeras líneas.

Nos recuerda que es imprescindible un proyecto político capaz de seducir a millones. Una estrategia que ofrezca un horizonte de cierta certidumbre mediante la cual se optimicen las fuerzas inagotables del pueblo y se dispongan del modo correcto.

¿El socialismo para pasado mañana? No. Solo pensiones humanas para los viejos, buen trato para los niños, respeto para las mujeres, escuelas y hospitales dignos para todos, aire medianamente limpio, calles relativamente seguras, entre otras medidas con similares rasgos agudamente revolucionarios.

De la derrota es posible rearmarse y salir más decidido y convencido. Del fracaso solo se puede esperar hundirse más aún.

Este 18 de octubre nos estalla en la cara y nos advierte que, desde el punto de vista de las víctimas del orden, volvimos hasta mucho más atrás que el octubre de 2019.

Chile pudo comenzar a cambiar a partir de esa fecha de haber habido dirigentes sin miedo, partidos consecuentes con su historia, organizaciones con claro sentido de la política, gente armada de cualquier cosa y dirigida por quienes se hayan ganado ese derecho.

Pero no fue así.






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