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EL FEMINISMO A LA LUZ DEL SOCIALISMO


Autor: MAXIMILIANO RODRÍGUEZ

https://revistaconfrontaciones.com/2021/03/23/el-feminismo-a-la-luz-del-socialismo/


El feminismo es sin duda uno de los movimientos de masas más importantes del último tiempo. Como expresión ideológica de la radicalización política de las clases medias en el capitalismo chileno, tiene su arraigo fundamental en estudiantes y académicos universitarios y profesionales adulto-jóvenes.


La cuestión que este movimiento viene a sacar a la luz –la asimetría estructural entre hombres y mujeres en la sociedad contemporánea– es real. En efecto, la subordinación de la mujer es probablemente la más profunda de las estructuras sociales de dominación, incluso más que la misma división clasista, tanto así que prácticamente no existe sociedad humana alguna a lo largo de la historia que no haya conocido algún tipo de subordinación de la mujer. Sus orígenes son, por tanto, anteriores al capitalismo, y la experiencia histórica indica que dicha asimetría subsiste aun cuando el capital deja de gobernar las relaciones de producción fundamentales de la sociedad.


Puesto el problema en estos términos, las expresiones más radicales del feminismo pretenden liderar la lucha contra la dominación burguesa y ofrecer un programa de emancipación general de la humanidad. Razones no le faltan. Sin embargo, ¿puede el feminismo, en la práctica, cumplir con dicha pretensión? Y en el mismo sentido, ¿puede, en lo programático, reemplazar el feminismo al socialismo, y la lucha de las mujeres a la de la clase trabajadora, como base contra la dominación burguesa? Las respuestas son negativas. ¿Por qué?


En estricto rigor, la valorización del capital, fundada en la explotación del trabajo asalariado, es indiferente a la distinción de géneros. En principio, y así como la nacionalidad, el credo religioso u otra, al capitalista poco y nada le importa el género de la fuerza de trabajo que contrata. Como descubrió Marx, ninguna de estas distinciones resulta determinante para explicar el origen y magnitud de la ganancia del capital, ya que el fundamento de aquella no es sino el trabajo excedente en su forma abstracta. Dicho sea de paso, el capitalista tampoco tiene por qué ser necesariamente una figura masculina. Solo piénsese hoy en día en Ana Botín, dueña y cabeza del grupo Santander.


Es precisamente por lo descrito anteriormente que la diferenciación de clases propia del capitalismo es independiente de la forma específica de familia, y de los roles que en el seno de esta cumplen los distintos géneros. Es más, como bien identificaba el Manifiesto, las relaciones burguesas tienden a disolver la familia tradicional (patriarcal). En otras palabras, ¿pueden seguir existiendo la burguesía y la clase trabajadora moderna en ausencia de la familia fundada en la subordinación de la mujer al hombre? La respuesta es afirmativa.


De hecho, no ha habido otro modo de producción a lo largo de la historia que haya colocado más firmemente las bases materiales (educación, incorporación al trabajo social, etc.) de la emancipación definitiva de la mujer que el capitalismo. De allí que la opresión que sufre se sienta cada vez más como un pesado lastre anacrónico, cobrando en consecuencia el feminismo un carácter de masas como nunca antes lo había hecho.


Ahora bien, ¿por qué si la opresión de la mujer es de más larga data y profunda –e incluso más bárbara– que la separación capital-trabajo, esta no cobra la misma explosividad política que la lucha clasista? ¿Por qué, en otras palabras, no logra constituir una base aglutinante para desafiar el poder político de la burguesía?


Existen varias razones. En primer lugar, la opresión de la mujer, siendo un fenómeno histórico, toma un hecho biológico objetivo, el cual está ausente en el caso de las clases sociales. En efecto, aun siendo abolidas las clases, la separación hombre-mujer –punto de arranque de la diferenciación de los roles de género– subsistiría, ya que esta última es la base de la reproducción del ser humano como especie. Esto hace que en última instancia los géneros sean mutuamente dependientes; cuestión que no ocurre con las clases.


Por otra parte, hay una cuestión crucial que diferencia a la lucha feminista de la de clases, y que dice relación con que no existe una centralización de las estructuras de opresión de la mujer análoga a lo que sucede con el aparato de Estado. De ahí que la lucha política de los trabajadores, cuando cobra una perspectiva revolucionaria, tenga por objetivo hacerse con las riendas del poder del Estado, pero no así la de la mujer.


La opresión de la mujer adquiere una forma “molecular”, faltando –al menos en las modernas sociedades burguesas– instituciones especializadas destinadas a la opresión de género. De allí que el feminismo se vea obligado a atribuir un carácter “político” a las prácticas de la esfera privado-interpersonal que se realizan más allá del ámbito público-estatal. Esto tiene como consecuencia la disolución de la acción política revolucionaria en posturas ético-moralizantes, y la huida hacia esquemas biopolíticos y subjetivo-relativistas de interpretación de la realidad social.


La ausencia de aparatos especializados de opresión femenina no es casual en las sociedades burguesas contemporáneas. Es fruto, precisamente, de la lógica que el capital pone en juego en el ámbito de la producción proyectada en la esfera político-institucional. La legislación burguesa puede prescindir completamente de cualquier disposición que consagre la sujeción de la mujer al hombre o la restrinja en derechos con respecto a este. La situación de aquella es una realidad material que no tiene su origen en la esfera estatal. De este modo, así como el capital no es patriarcal, tampoco está en la naturaleza del Estado burgués serlo.


Finalmente, y a contrario sensu de lo que podría pensarse, la universalidad de la causa feminista –la emancipación de “la” mujer–, al no identificar un agente histórico concreto de la transformación social, no puede establecer un programa definido (solo compárese el objetivo del programa máximo del socialismo de “abolición de la propiedad privada de los medios de producción” con el “fin del patriarcado” del feminismo), lo que termina por restar potencia práctica a su lucha. Se diluye en una perspectiva utópica de apelación a derechos abstractos. Los enrevesados discursos sobre la opresión machista e innovaciones lingüísticas del feminismo resultan incompresibles y extrañas a las masas trabajadoras. De allí que termine siendo adoptado casi exclusivamente por los sectores ilustrados de las clases medias, guardianas actuales de las promesas burguesas incumplidas de libertad, igualdad y fraternidad universales.


¿Significa que las cuestiones planteadas por el feminismo son indiferentes al socialismo y a la clase trabajadora? Por el contrario, son de suma importancia. De hecho, muchas conquistas alcanzadas por las mujeres en el marco del capitalismo han sido producto de duras y largas luchas obreras, y allí donde los trabajadores se hicieron con el poder político se dieron saltos cualitativos en el avance de los derechos femeninos. Lo que hoy urge es abordar la cuestión femenina desde un enfoque de trabajadores. Una perspectiva que ponga los términos del problema sobre una base materialista propia del socialismo, libre de las ilusiones pequeñoburguesas que alojan en el seno del actual movimiento feminista.




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