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EL LOCO CUEVAS

Autor: RICARDO CANDIA CARES



El once octubre se cumplió un años más desde la muerte de Héctor Hugo Cuevas Salvador el año 1985, uno de los más grandes dirigentes sindicales que he conocido.

De lejitos, pero lo conocí.

Es que por clandestinas y variadas razones tuve la oportunidad y suerte de acercarme a grandes dirigentes de la clase obrera que desplegaron su valor y heroísmos en los tiempos más difíciles y peligrosos de la dictadura. Todos habían sufrido la prisión, la persecución, la tortura. Otros muchos habían sido asesinados o desaparecidos.

El Loco Cuevas fue un mito entre sus compañeros.

Muchas de las historias que se contaban de él podían ser puestas en duda por sus alcances, por su desprendimiento, por su valor y por el modo en que el Loco interpretaba el sentir del viejo de la constru, sus dolores, sus luchas y sus convicciones más anidadas en la conciencia clara de esa gente explotada, con claro sentido de la ubicación del enemigo.

El burgués, decían los viejos cuando se referían a patrones y dueños.

El loco Cuevas era el tipo de dirigente necesario, de esos que no se perdían en la pragmática ni en el cálculo cerrado y pequeño. Cuando el Loco encontrada difusa la pista, retrotraía su acción hasta las trincheras de los principios y desde ahí se rearmaba.

Gozaba del olfato de los proletarios de verdad, especie en vías de extinción, el que le permitía saber el por qué, del cómo y el contra quién. Era un comunista de corazón acerado y disponible para el combate, incluso con sus diferencias con el partido de sus amores y convecciones, del cual fue leal militante.

Con todo, el Loco Cuevas era un rebelde al que a veces se le hacía cuesta arriba la orientación de su partido. Y lo decía con su manera directa y sin artilugios

El Loco no medía riesgos, aun sabiendo de ellos.

Era mucho más fuerte y exigente su sentido de lealtad con sus viejos, esos que ponían el sudor en las faenas y que eran puntualmente maltratados por la venganza burguesa que en los primero años de la tiranía comenzaba a tomar forma de cosa premeditada.

Ya en 1975 convoca a una asamblea pública en el Teatro Caupolicán, la primera que se hacía en plena dictadura, en la que denuncia los asesinatos, la persecución en contra de los trabajadores y reivindica la necesidad de la unidad para enfrentar lo que se venía.

Y en su discurso, transmitido en directo por la Radio Chilena, que comenzó leyendo en un papel que al minuto lanzó por los aires, redirigió su verbo ágil y llano a una denuncia clara y directa a la dictadura y a su reguero feroz de maldad y muerte.

Allí Cuevas denunció los campos de concentración, las torturas y la persecución a los trabajadores en todo el país. Por cierto: lo detuvieron y estuvo en los campos de concentración de Tres Álamos y Puchuncaví. Rebelde hasta la médula, dueño de una decisión imbatible, decía: “Cuando salga de aquí me hago cargo de nuevo de la Presidencia de la Federación”.

Casi nadie le creyó, pero lo hizo.

Fue un impulsor y dirigente de la histórica huelga de miles de trabajadores de la empresa Colbún Machicura que construía esa gigantesca represa, la que duró 82 días, desde los últimos meses del año 1982 a principios de 1983, en plena arremetida represiva que cobraba vidas todos los días.

A la dictadura le salía caro asesinarlo, de manera que lo expulsaron del país. Regresaría para morir luego de su exilio obligatorio. Algunos aún recuerdan que fueron necesarios numerosos esbirros para, entre golpes y amenazas brutales, sacarlo de país. Solo a rastras pudieron subirlo al avión.

Los viejos sacaron su ataúd del local de la Confederación, ubicada en la calle Serrano 444. Había miles de viejos curtidos, duros y severos en la angosta arteria. Se notaba en ellos los rastros de la pena dura pero serena del proletario más combativo.

Algunos temíamos que por la cantidad de gente la represión quisiera atentar contra el cortejo. A uno se le ocurrió bajar a los choferes de la funeraria y poner a uno de los nuestros en su lugar. Otro propuso malograr el motor y llevar la carroza a empujones.

El caso fue que la represión nos emboscó brutalmente en la calle Santa Rosa antes de llegar a la Alameda y se llevaron a nuestro muerto a toda velocidad hasta el Cementerio General.

Centenares de compañeros huían de la feroz represión por el centro de Santiago e incluso por el Cerro Santa Lucía con coronas de flores a cuesta.

Los primeros que llegamos al cementerio vimos el féretro de nuestro camarada abandonado en un pasillo, sobre una cureña. Como pudimos, en medio de un gaseo inhumano que no cesaba, sacamos el ataúd hasta su nicho.

La represión era asombrosamente terrible. Se peleaba en medio de tumbas y mausoleos. Los viejos no se iban a dejar golpear sin responder. Su entierro fue en medio de un desigual y duro combate. Los heridos y detenidos sumaban centenares.

Fue Claudina su compañera, la que, en medio de los gases irrespirables, representó lo que todos pensábamos:

“Este, dijo esa mujer abatida más por el dolor de su pérdida que por la represión infame, es el funeral que un hombre como Héctor Hugo Cuevas Salvador merecía”

Ese proletario enorme, ese dirigentes heroico, el legendario Loco Cueva, cual Cid Campeador, seguía combatiendo aún después de su muerte.

¡Honor y gloria a su memoria!






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