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ELIANA CEA TALENTO E INQUIETUDES



Autor: CARLOS F. ROA (*)


Nos conocimos en la década de los 50, cuando ingresamos a estudiar periodismo en la Universidad de Chile. Eliana Cea quiso ser abogada o pedagoga, pero la “picó un bichito”, según sus recuerdos. Optó al segundo curso de la escuela, creada en 1953, y fue seleccionada.

“Me sentí totalmente feliz”, escribió en Vendedores de Sol, obra de Alejandro Cabrera. “Hoy, después de cuarenta años, debo decir que no pude haber elegido mejor”.

Fue una de las nueve mujeres de la promoción junto a otros tantos varones. Más de veinte entusiastas del comienzo quedaron en el camino.

Por elección y convicción, Eliana se consideró siempre reportera. “Reporteando vuelvo a nacer”, declaró muchas veces, sin ocultar que en esa preferencia influyeron varios de nuestros maestros, gigantes del periodismo histórico, como Ramón Cortéz, Lenka Franulic, Mario Planet, Juan Honorato, Augusto Olivares. Y dio pruebas de lo aprendido al realizar una especie de práctica –antes de egresar- en el periódico La Voz, que dirigía el escritor Guillermo Blanco, y en Radio del Pacífico, donde escribió guiones sobre actividades artísticas.

La calle Aromos, al fondo del entonces Instituto Pedagógico, cobijó hasta 1973 a la flamante Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Tres de nuestros cuatro años de estudio transcurrieron en ese edificio que Santiago del Campo, su director entonces, describió como “un niño de cemento, hierro y cristal”. Allí sufrimos y disfrutamos, compartimos tareas y tardes de estudio; hicimos amistades. Nuestro curso fue auténtico ejemplo del Chile de siempre: heterogéneo en lo social y económico. Muchos compañeros eran ya mayores y habían interrumpido otra carrera. Una mitad provenía de liceos; la otra, de colegios privados. Sin embargo, hasta donde la memoria nos lo permite, allí primaron el respeto, la inclusión y la tolerancia.

El origen socio-económico no fue obstáculo en las relaciones personales de quienes egresaron. Amistades nacidas en las aulas se prolongaron por largos años, en distintos planos. Muchos compartieron una ideología, otros abandonaron. Primó el calor humano. Eliana desfiló, participó en manifestaciones y hasta compartió la calle con un par de amigas y colegas que, como ella, esperaban guagua, en intensas campañas electorales. En el mejor estilo del gremio periodístico, no faltaron las tertulias –presenciales o a la distancia--con amigas o grupos de amigas. Una de ellas, Cecilia Binimelis-- cuya amistad nació al fragor de luchas sociales--recuerda a Eliana de meses recientes: “En los últimos tiempos no nos vimos tanto presencialmente. Desarrollamos una tertulia telefónica cada semana, que podía durar de una a siete horas (el día que batimos este record quedé con la mandíbula desencajada). Los temas a tratar eran vastos, como el universo: política, sentimientos, libros, la estructura mental del hombre y la mujer, la vida misma. Y un día de invierno a mediodía, su hija Marcela me avisó que la tertulia se había acabado”.


PRIMER TRABAJO

Eliana, autodefinida como “solitaria” (fue hija única, producto del barrio Brasil) se integró dentro y fuera de la escuela a los trabajos en equipo y al cultivo de actividades que le apasionaban. Tras egresar en 1957, merced al apoyo de uno de los “maestros”, logró trabajo en la sección Crónica de El Diario Ilustrado, junto a su compañera y amiga Ruth Chacón. En la práctica, se sumaban a otras jóvenes mujeres salidas de una escuela de periodismo que ingresaban al diarismo. Ambas se afanaron por llevar a terreno los conocimientos adquiridos en la escuela, tratando de superar cierta sensación de temor e inseguridad que las invadió al principio. Salieron airosas en la cobertura de sectores como educación, Moneda, municipalidad, tribunales y actividades universitarias.

En un medio dominado por hombres, el inicio no fue fácil. “Me encontré con un grupo de periodistas ‘viejos’ que eran fantásticos como reporteros y redactores. De ellos aprendí mucho”, contó Eliana en el libro de Cabrera. “Al principio nos miraban como intrusas que no sabíamos casi nada. Con el tiempo hicimos aportes que fueron reconocidos. Variábamos la redacción, buscábamos otros ángulos e investigábamos más”.

En una época de intenso quehacer político y cultural, la nueva generación de periodistas vivió jornadas de aprendizaje. Así, en su inédito libro Mi vida con Pachita, Eliana recuerda un gracioso y tenso episodio ocurrido en el ex hotel Carrera con ocasión de la visita de la actriz Marlene Dietrich, en 1959. Mario Gómez López, prestigioso periodista “sin pelos en la lengua”, preguntó a la diva cómo hacía para mantenerse tan bien a su edad (tenía 58 años). Hubo silencio y luego murmullos. Ante la insistencia de Gómez, defendiendo el contenido de su pregunta, el traductor acomodó el sentido de ésta y en un inglés perfecto le consultó a Marlene: “¿Qué hace Ud. para mantenerse tan bella y joven?”. Dietrich miró fijamente al periodista y respondió: “Tengo una sola receta: nunca hacer las cosas a medias”. El traductor fue un empresario que ofrecía una conferencia en otra sala y a quien se recurrió en reemplazo del intérprete original, que no gustó a la actriz.

Cuando llevaba dos años de ejercicio profesional, Eliana obtuvo el premio Helena Rubinstein que periódicamente se otorgaba al periodista que destacara entre sus pares. Y en 1963 se hizo acreedora al premio municipal de periodismo de Santiago. Sin embargo, ese fue también un período de mucha tristeza. Su amiga y compañera Ruth perdió la batalla contra una sorpresiva y violenta enfermedad. Ambas ya estaban casadas y eran madres.

Más tarde ganó el premio Rotary Club y, en 2004, recibió una distinción a la “Trayectoria Periodística” otorgada por sus pares.


EXPERIENCIAS EN TERRENO

A mediados de la década, cambió de trabajo en dos oportunidades, en ambos casos bajo la dirección del periodista Mario Carneyro: primero en el diario La Tercera de La Hora y, luego, en el vespertino La Segunda. Allí cubrió distintos sectores, en particular Economía y Política. Muchos títulos de primera página fueron inspirados en sus crónicas.

Ocasionalmente, debió salir de la capital. Fue un tiempo de aventuras casi dramáticas, como una que vivió en la zona de Bulnes, parte hoy de la región Ñuble. Enviada por el diario a entrevistar a la persona más longeva de Chile, Eliana y su fotógrafo debieron moverse entre cerros y quebradas –muchas veces a pie—en busca de la persona ideal para el reportaje. Tras saber de muchos candidatos, al final dieron con quien, según todos los testimonios, era el mayor. La búsqueda culminó con buen éxito, y el personaje fue titular de primera página. Sin embargo, Eliana –embarazada entonces de su tercer hijo, Guillermo --debió guardar cama durante un par de meses para no perder la guagua. Ya era madre de Marcela, abogada, y de Alvaro, profesor de ciencias sociales. Gonzalo, periodista, nació en 1971.

En plena campaña previa a la elección presidencial de 1970, pasó momentos de angustia mientras cubría una visita a Lota del candidato Jorge Alessandri Rodríguez. El ex presidente se vio enfrentado a una masa hostil, que también las emprendió contra la prensa. Buena parte de los manifestantes simpatizaba con la candidatura de senador Salvador Allende, de modo que la presencia del postulante de la derecha no le era grata. Hubo intentos de agresión contra la comitiva y periodistas. Gracias al gesto solidario de una lotina, mujer de minero, que la cobijó en su casa, Eliana logró escapar del escenario. Su colega y amiga Irene Geis, que la acompañaba, la llevó de regreso a Concepción.


Eliana e Irene Geis



(Irene, quien entonces era directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Concepción, falleció el mismo día que Eliana, el 22 de junio de 2022).

Los hechos dieron origen a variados titulares en la prensa santiaguina.

Ya en el gobierno de Allende, fue testigo de una revelación insólita del mandatario. En presencia de periodistas de mucha confianza que lo visitaron en La Moneda, el Presidente contó muy en secreto qué se le había pedido: cerrar el diario El Mercurio para acallar a la oposición. Políticamente, corrían días difíciles. Su respuesta fue: “Es igual que si me pidieran que trasladara Arica a Punta Arenas, y viceversa”.


LIBROS Y CINE

Como millones de chilenos, Eliana trabajó con libertad plena hasta el 10 de septiembre de 1973. Al día siguiente, enviada a cubrir noticias a la ex Posta Central, supo de las primeras víctimas del golpe de Estado, e hizo los despachos correspondientes. No obstante, por instrucciones del diario, debió retirarse a su hogar. Poco después empezaba el primer toque de queda impuesto por la junta militar que derrocó a Allende.

La política fue proscrita, de manera que el periodismo tuvo que reorientarse, relativamente. A Eliana le asignaron el sector económico y cosas especiales. Fue un extraño cuadro que se prolongó hasta mediados de la década de los 80.

Activa y responsable, compartió sus labores con el quehacer académico. Sin descuidar sus obligaciones reporteriles, fue profesora-ayudante de Juan Honorato y Alejandro Cabrera. Más tarde, al dejar el periodismo activo, hizo clases en las universidades Academia de Humanismo Cristiano, ARCIS y Bolivariana, poniendo el acento en los nuevos enfoques de la profesión y el aporte en ellos de Tom Wolfe. Además, colaboró en las revistas APSI, Pluma y Pincel, Los Tiempos y Punto Final. En esta última, una original y trabajada entrevista al líder sindical Clotario Blest dio origen a una separata de varias páginas. Sin embargo, tras el golpe de 1973, el ejemplar desapareció bajo el fuego por temor a un allanamiento militar.

Punto Final dejó de circular en papel, pero sigue vigente como medio digital. Su director, Manuel Cabieses, recuerda a Eliana en los aspectos profesional y personal:

“Cuando conocí a Eliana me di cuenta que no sólo trataba a una excelente periodista, sino también a una excepcional luchadora por la justicia social. Su escudo era la modestia que ocultaba un acervo enorme de conocimientos y sensibilidades. El respeto y afecto que la rodeaban, la convirtió en la presidenta de la Primera Asamblea Nacional de Periodistas de Izquierda de 1971. En ese sentido, Eliana conjugó en una sola personalidad el talento de periodista, la adhesión a los ideales de justicia e igualdad y el calor humano de su amor por su familia y en la relación con sus iguales”.

El cine y los libros fascinaron a Eliana desde la niñez. Su opción posterior por el periodismo, de cuyo origen ya hablamos, estuvo vinculada al interés por la lectura y el saber. En uno y otro caso influyó su madre Praxedes, a quien ella llamaba Pachita. Tenía apenas seis años cuando vio María Waleska, con Greta Garbo. Y algo más de siete cuando comenzó a disfrutar de cuentos infantiles, que prefería a los juguetes. El barrio Brasil, donde vivían, las alentaba a ver películas. Había cuatro salas cercanas y una de ellas, Novedades, ofrecía funciones rotativas que madre e hija aprovechaban cada lunes.

Ambas aficiones se proyectaron en la adolescencia y madurez. Aún en la escuela, participó activamente en las funciones del Cine Club de la Universidad de Chile. En una de ellas y a propósito del estreno del documental Mimbre, de Sergio Bravo, con música de Violeta Parra, conoció muy de cerca a la por entonces principiante compositora. La obra no dura más de nueve minutos y reproduce el trabajo en mimbre del artesano Alfredo Manzano, conocido como “Manzanito”. El personaje vivía en Quinta Normal y era considerado un “virtuoso en el arte de tejer” las varillas de dicho arbusto. A Eliana le llamó la atención la sincronía entre el movimiento de las manos del artesano –captado muy de cerca por Bravo--y la música, lo cual hizo notar a Violeta. “Esa era la idea”, respondió la incipiente cantautora al admitir sin modestia cuan asertiva era su música.

Siguió a actores y actrices que hicieron historia en el cine a partir de la década de los 30, así como a directores cuya vigencia es innegable. Admiró, entre otros, a los estadounidenses John Huston, Orson Welles, John Ford, Scorcese, Woody Allen, y a los europeos Bergman, Visconti, Fellini, De Sica, Buñuel, Almodóvar, Tarkovski, Hitchcok. Cientos de libros alusivos al séptimo arte, muchos de ellos de carácter biográfico, quedaron en su biblioteca. Entre tantos personajes, uno de ellos, Marylin Monroe, concentró siempre la atención de Eliana, tanto por su origen como por su trágico final.

En materia de películas, sus favoritas fueron La Calle, El ciudadano Kane y Cantando bajo la lluvia. Pero nunca olvidó “Los Miserables”, una versión mexicana de la obra de Victor Hugo que despertó en ella gran interés por saber más de sus protagonistas. Asidua visitante de Librería Chilena, de propiedad de Pedro Salvo, a quien consideró “el mejor librero que haya existido”, se convirtió en entusiasta lectora de obras clásicas y de novedades bien tratadas por la crítica. Pensó entonces que seguiría los pasos de Salvo, objetivo que logró a fines de siglo.

Maria Eugenia Borel, muy cercana amiga y colega y también integrante de otra tertulia, la definió como “una consumista intelectual infinita”. “Eliana era loca por los libros”, dice hoy al evocar los tiempos en que ésta se convirtió en dueña de su propio local (Librería Rayuela, en pleno centro de Santiago). La recuerda como “gran y entretenida conversadora, muy culta” que hablaba de autores, de cine, música, libros, mientras María Teresa Zegers, estrecha amiga y colaboradora, la asesoraba en la atención del público.

Hizo memoria de un simpático episodio que ambas protagonizaron. María Eugenia era visitante asidua de Buenos Aires, ciudad que también encantaba a Eliana. Al anunciarle su próximo viaje, a ésta le brillaron los ojos y, recordando su propia experiencia en la capital transandina, le pidió que le trajera el libro más requerido del momento: Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Argentina y Chile vivían bajo dictadura.

--¿Cuántos te traigo? –preguntó Borel.

--Al menos unos 20 o más, lo que más puedas.

Le costó encontrar el libro, pero logró su cometido. Compró 23 ejemplares, incluido uno para ella, más un bolso para guardarlos.

Llevando el bulto al hombro, sorteó controles en Ezeiza y Santiago. Al día siguiente, se apersonó en Rayuela y dio cuenta de su cometido. Según hoy recuerda, Eliana se puso pálida, le temblaron las manos, se cubrió la boca.

--Ay, María Eugenia, qué horror. Era broma. ¡Broma! ¿Cómo pudiste pensar que te pediría en serio correr ese riesgo?

Dadas las condiciones imperantes, ambas se asustaron. Rápidamente, el contenido del bolso fue distribuido entre otros libros de Rayuela. Pocas horas después los ejemplares habían sido adquiridos por sus fieles clientes que, a juicio de Borel, “ni en sueños pensaron que Las venas abiertas …llegaría a sus manos producto de una broma mal entendida”.

Aparte de muchos apuntes en agendas, cuadernos y papeles sueltos, además de un libro inédito sobre su propia vida, Eliana escribió La Negra Lazo: memorias de una pasión política y Más allá del cuarto propio, ambos de carácter biográfico. El primero trata de la vida de Carmen Lazo, la fogosa diputada socialista que destacó entre sus pares durante al menos un par de legislaturas y que, tras un exilio de diez años, siguió haciendo noticia al reanudarse la actividad política, a fines de la década de los 80. El segundo, de la doctora Neomicia Lagos, neurosiquiatra, subdirectora del Instituto de Neurocirugía hasta el 11 de septiembre de 1973. Con ambas cultivó cálida amistad.

Eliana falleció en el sueño el 22 de junio de 2022. Le sobreviven el marido, con quien vivió 61 años, sus cuatro hijos y nueve nietos.

(*) Seudónimo de Juan Guillermo Figueroa, cónyuge de Eliana





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