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OTRO PORTAZO A LOS TRABAJADORES

Autor: HUGO ALCAYAGA BRISSO

Adelantándose a La Moneda, el gran empresariado se ha apresurado en dar a conocer una categórica respuesta negativa a las aspiraciones  de la clase trabajadora que está pidiendo un discreto aumento del salario mínimo, no ahora,  sino en un tiempo más.


Quienes solo piensan en sus ganancias y utilidades  han puesto  el grito en el cielo y vuelto  a sus lloriqueos ante la osadía  de gente modesta  que pretenden en alguna medida, prudentemente, acercarse a las condiciones de dignidad que le fueron arrebatadas por las armas hace medio siglo.


Se trata de otro portazo de los dueños del dinero - en la práctica, los dueños de Chile - que siempre sacan cuentas trágicas cuando les conviene y cuentas alegres cuando explotan a los trabajadores como si fuera algo natural a lo que todos están acostumbrados.


Está claro que el país se construye todos los días con participación  y esto tiene que ver  con conversar con los trabajadores y no responder a sus inquietudes y necesidades con un  "no" rotundo como ha ocurrido en este caso.


Luego de reunirse con autoridades gubernamentales,  en el reciente primero de mayo la CUT salió de su sopor habitual, golpeó la mesa, sacó la voz y oficializó  su demanda por un salario vital de 630 mil pesos, cantidad que se estima adecuada para una familia de cuatro personas. Este reajuste  regiría  desde la parte final de la actual administración.


Las necesidades son muchas y muy variadas, a las que es difícil responder  por las agudas crisis  que se presentan una tras otra. Hay una inflación descontrolada,  un desempleo que se busca paliar con una ocupación transitoria y un severo endeudamiento que va sumando a diario, todo lo cual  echa por tierra cualquier presupuesto hogareño de los pobres y menos pobres.  Muchas familias deben hacer malabares para llegar a fines de mes.


A ello hay que agregarlos abusos apabullantes en que incurre el mercado desregulado. En el modelo neoliberal el libre mercado manipulado desde las sombras determina las alzas de precios  y fomenta una carestía generalizada, en la certeza de que no existe control ni regulación  ni menos va a haber sanciones en su contra, el mercado abusivo funciona con absoluta impunidad.


Según un estudio de organismos internacionales, entre los países sudamericanos los chilenos van a la cabeza a la hora de percibir ingresos que son insuficientes. El 64% de las familias no cuentan  con salarios que les permitan  completar el mes sin endeudarse ni dejar cuentas sin pagar pendientes, y mucho menos para algún precario ahorro.


Difícilmente podrían tener capacidad de ahorro los que solo cuentan con un pequeño emprendimiento o un trabajo por cuenta propia, sin contrato ni seguridad. En la actualidad la ocupación informal, sin una remuneración fija supera los dos millones y medio de hombres y mujeres que no saben  a dónde van.


Nada de ello es tomado en cuenta  por la minoría  privilegiada  que forman los grandes empresarios. La pobreza,  la impotencia  y la frustración  de las mayorías son observadas  por los grupos oligárquicos  a la distancia. Sin interés y sin el menor asomo  de justicia social y solidaridad.


Por eso un alto dirigente empresarial ha manifestado que no hay piso socioeconómico para aumentar los salarios. Desde su punto de vista, sí hay piso  para la concentración económica, para el acaparamiento de dinero que pueden hacer unos pocos y para mantener  los niveles de desigualdad que abruman al pueblo.


"Hoy somos mas pobres que hace 10 años", dice otro empresario de alta alcurnia enriquecido por las facilidades que le brinda el mercado.  A la vez, se queja de algunas ligeras reformas progresistas que en alguna ocasión se intentaron gracias a las presiones ciudadanas.


Se le cae la careta gremialista cuando afirma que "necesitamos autoridades con mirada de futuro y capacidad de llegar a acuerdos de largo plazo". En realidad es un político de extrema derecha, afortunado en su calidad de mercader y privilegiado como empresario que acumula dinero, poder y redes de influencia.


Las mayorías cuyo único patrimonio es la dignidad deben estar masivamente  en las calles apoyando  las luchas por un salario vital justo, que logre sacar a los trabajadores de debajo de la línea de la pobreza. Aquí hay un punto de inicio para levantar demandas  que movilicen al pueblo en función de mejorar su calidad de vida.

Hugo Alcayaga Brisso

Valparaíso





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